Historia de una cortesana

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—Que la jure y que espere hasta que nosotros podamos llegar en su socorro.

—¡Ah! señora; ese socorro es lo que yo vengo a pedir urgentemente a Su Majestad.

—Esté usted tranquila, que no lo hemos olvidado.

Entretanto, la Reina abría la carta de su hermana; pero en vano intentaba descifrar su sentido.

—No puedo leer sin tener la clave a la vista —dijo con impaciencia.

—Es la palabra Ludwico repetida tres veces y seguida de una D.

—Sí, pero la leeré en Caserta con la imaginación en reposo. Dígame quién la envía; deme detalles de su viaje; dígame lo que se decía en París a su salida.

—Corriendo gran riesgo, quise asegurarme de que Su Majestad se encontraba de nuevo en palacio sin haber sufrido ningún accidente, y, como se conocía el itinerario de los soberanos, me aposté desde muy de mañana en el jardín de las Tullerías. No bien la Reina hubiese entrado, debía yo ir a notificárselo a la princesa de Lamballe, que estaba en casa de su padre, el duque de Penthièvre. Debo declarar a Vuestra Majestad que el aspecto de la población era por demás amenazador.

—¿Contra quién?

—Contra el Rey y la Reina, señora.


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