Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¡Ah!, ¡pobre MarÃa mÃa!, ¡pobre MarÃa!… —exclamó la Reina—. ¿Por qué no es ella, en vez de esta carta, la que yo pueda estrechar contra mi pecho? ¡Que se salve, huya y venga a encontrarme! ¡Será mucho más feliz en Nápoles y Caserta que en Versalles y ParÃs!
—Si ella pudiese, señora —dijo Inglesina—, no dejarÃa de hacerlo, y ciertamente se sentirÃa muy dichosa.
En esto, entramos en el palacio de Caserta.
—Encárgate de nuestra querida Inglesina —dijo la Reina dirigiéndose a m×. Procura que nada le falte. Voy a leer la carta de mi pobre MarÃa y seguir las instrucciones que me da.
Una hora después salÃa para Nápoles un mensajero, portador de una invitación al general Acton para que viniese el dÃa siguiente a Caserta, y de una orden para el correo del emperador Leopoldo, en la que se le comunicaba que antes de partir viniese a recibir los despachos de la Reina.