Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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LX

Con anterioridad a la llegada del capitán Nelson a Nápoles, me presenté en la morada de la Reina, quizás en hora no acostumbrada. Con gran asombro mío, dijéronme que la Reina se había encerrado después de haber dado orden de que, sin permiso suyo, no se permitiese la entrada a nadie.

Como semejante prohibición nunca se hacía extensiva a mí, me retiraba sorprendida de no haber sido objeto de la misma excepción, cuando oí tocar el timbre en la habitación de la Reina.

La servidumbre acudió al llamamiento, y preguntaron:

—¿Qué desea Vuestra Majestad?

—Llamen a Luis Custode —respondió la Reina.

Queriendo entonces saber por qué se me incluía en la consigna general:

—¡Aquí estoy, Majestad! —exclamé.

—¡Emma! —dijo Carolina.

Y abrió la puerta de par en par.

—Ya veo que estás aquí —dijo riendo—, mas ¿por qué estás aquí?

—Porque Vuestra Majestad ha prohibido la entrada a quienquiera que fuese.

—¿Por ventura ha rezado alguna vez contigo ese quienquiera que fuese? Tú eres Emma, es decir, mi amiga, la única mujer para quien no guardo secretos. ¡Ven, pues, ven!


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