Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Y me llamó con la cabeza y con la voz al mismo tiempo.
Yo la seguÃ.
En su dormitorio, sobre un amplio canapé frente a la cama, habÃa una montaña de papeles que habÃan rodado, a manera de cascada, del sofá al entarimado.
—¡Dios mÃo! —exclamé—; creo que Vuestra Majestad no debe estar condenada a leer todo esto.
—No, pero lo he leÃdo sin habérseme condenado a leerlo.
—Eso no me sorprende más que la palidez de su semblante y el aspecto aflictivo que noto en Vuestra Majestad.
—Te lo explicarás si te digo que no he dormido.
—¿Qué ha hecho, pues, Vuestra Majestad?
—Ya te lo he dicho: he leÃdo todos estos papeles que ves, desde el primero al último.
—¿Y con qué objeto, Dios mÃo?
—Mira a quién van dirigidos estos papeles.
Esto diciendo, me mostró un sobrescrito:
Al ciudadano Mackau, embajador de la República francesa en Nápoles.
Miré a la Reina.
—¡Cómo! —Le pregunté con asombro—, ¿el ciudadano Mackau comunica a Vuestra Majestad las cartas que recibe de su Gobierno?
—¡Oh!, ¡qué inocente! —repuso la Reina.