Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —De cualquier modo no me libraré de unos cuantos meses de prisión.
—¿Y qué puede importarte eso, si recibes cien ducados por cada mes de prisión?
—El caso es que ello será una indemnización. Sea como fuere, fío en la bondad de la Reina.
—Déjate arrestar, niega con tesón y queda tranquilo.
El ladrón, pues ya se ha visto que lo era, embolsó el dinero.
—¡Cómo! —dijo la Reina—, ¿no cuentas?
—¡Oh! después que Vuestra Majestad…
—Está bien; serás recompensado por tu confianza. ¡Vete!
El hombre hizo nuevamente una profunda reverencia y salió.
—Y bien —me dijo la Reina—, ¿comprendes ahora?
—No, porque no puedo convencerme de que Vuestra Majestad haya encargado a ese hombre que se apoderase de los papeles del embajador francés.
—Con todo, es la pura y exacta verdad.
Confieso que me asusté; parecíame que un robo, aunque ejecutado por orden de una reina, era siempre un robo.
Carolina adivinó lo que por mí pasaba.