Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¿Qué satisfacción es esa?
—La persecución del ladrón, en el caso de que este fuese un napolitano.
—Pues, désele esa satisfacción.
—Pero ¿si el ladrón confiesa?
—No lo hará.
—¿Si, con todo, se le condena?
—No será condenado, pues le juzgará un tribunal napolitano.
—¡Oh, señora! —dijo el Rey—, no fieis demasiado en ello; el espíritu actual tiende a la independencia.
—Que es, precisamente, lo que yo quiero reprimir —repuso Carolina, frunciendo el ceño—; y, si es preciso, empezaré por los tribunales.
—¿Conque eso os concierne?
—Sí; eso es de mi incumbencia.
—¿Tomáis a vuestro cargo esto asunto?
—Me encargo de él.
—Entonces, proceda conforme le parezca. Nada me importa lo que puede suceder, si me quedan mis bosques para cazar y mi golfo para pescar.
—Y San Leucio para descansar —añadió la Reina con una sonrisa de desdén.
—¿Por ventura me dispensa Vuestra Majestad el honor de preocuparse por San Leucio? —preguntó el Rey.