Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¿Y por qué preocuparme por San Leucio, cuando al frente de esa interesante colonia se encuentra un hombre de los méritos del cardenal Ruffo? ¡Oh! si en vez de ser inspector, fuese tesorero, a buen seguro que no estarÃa yo tan tranquila.
—¿Censuráis al pobre cardenal? Creed que es un hombre muy fiel.
—Muy fiel, muy adicto a vuestra persona.
—¡Dios mÃo!, ¿acaso vos y yo no formamos uno solo?
—¡Oh! Nada de eso, señor, y de ello me felicito.
—Me tratáis muy mal esta mañana, señora.
—Le trato ahora, lo mismo que antes y después.
—¿Qué queréis que piense de mà lady Hamilton?
—Las opiniones de lady Hamilton son conformes con las mÃas.
—Es decir —observó sonriendo el Rey— que lady Hamilton me dispensa, al igual que vos, el honor de aborrecerme.
—¡Oh! bien sabe Vuestra Majestad que el sentimiento que me inspira, no es el del odio.
—¡Vamos! ya veo que esta mañana no llegaremos a una inteligencia.
—¿Habéis venido a eso?