Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Cuando abrí los ojos, el coche estaba parado; Cayetano tenía sujetos a los caballos por el freno, y pude ver que estábamos frente a la calle dei Sospiri-del-Abisso.

En el momento en que el vehículo iba a estrellarse contra el ángulo del muelle, el mismo hombre que poco antes gritara a la Reina que no tentase a Dios, se había abalanzado a coger la brida de los caballos, con riesgo de ser aplastado, y con fuerza sobrehumana, los detuvo.

La sacudida fue tan violenta, que Cayetano había sido despedido de su asiento; pero se levantó en el acto y corrió a apoderarse del freno.

El desconocido, viéndole dueño del tiro, desapareció con paso precipitado.

Nada había visto yo. Me desperté como de un sueño. La Reina me hizo aspirar un frasco de sales.

—¡Ah! a Dios gracias —exclamé al recobrar el conocimiento—, Vuestra Majestad ha salido ilesa.

Era una cosa singular, pero la Reina ejercía sobre mí el poder que el magnetizador tiene, según se dice, sobre el hipnotizado; cuando yo me encontraba a su lado, mi alma parecía que anhelaba desprenderse del cuerpo para ir a confundirse con la suya.

Cayetano ocupó nuevamente el pescante; los caballos parecían sosegados como por encanto, y, sin otro accidente, llegamos a palacio.


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