Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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Me sentía fatigada y como si todos mis miembros se hubiesen dislocado. La Reina me obligó a recogerme en mi habitación que estaba inmediata a la suya.

Sir Guillermo pidió permiso para subir al terrado del palacio para mejor observar el fenómeno del volcán. Creo yo que, para resolver un problema geológico, se hubiese arrojado en el cráter, lo mismo que Empedócles, dejando las chinelas en la cima de la montaña.

No vi nada más; pero he aquí lo que me contaron:

Las sacudidas se sucedieron con rapidez, extendiéndose particularmente de Norte a Sur, esto es, de Portici a Torre del Annunziata.

Como siempre, Nápoles salió indemne.

Sobre las tres de la madrugada, el camino que se extiende a lo largo del Vesubio se llenó de fugitivos que se dirigían a Nápoles abandonando sus viviendas, y venían a refugiarse tras el puente de la Magdalena, o mejor dicho, tras la estatua de San Jenaro, que, desde el punto más elevado del puente, protege a la ciudad.

El sol había lucido brillante y en un cielo diáfano; pero la columna de humo y de ceniza que salía del Vesubio se extendió pronto por todo el firmamento; las aguas, que son el espejo del cielo, adquirieron un tinte opaco, y poco a poco, la luz cenital desapareció como en un eclipse.

Cuando me levanté, a las diez de la mañana, me pareció que eran las diez de la noche.


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