Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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A partir de aquel instante, hasta dos días más tarde, del 13 al 15 de junio, el sol no brilló más, los ruidos de la montaña aumentaron y la oscuridad adquirió tonos más sombríos.

Al día siguiente, día 14, si los relojes no hubiesen marcado el curso del tiempo, habría sido imposible precisar si era de día o de noche. Las tinieblas eran tan profundas, que en Chiaïa y en Toledo, las dos calles más amplias de Nápoles, parecía que se vivía en el interior de una cámara oscura.

El cardenal-arzobispo, acompañado del clero de toda la ciudad, sacó de la catedral la reliquia de San Jenaro, y seguido de toda la nobleza y de todo el pueblo, aquella rezando, este cantando himnos, se dirigió al puente de la Magdalena, invocando la protección del santo tutelar de la ciudad.

La Reina fue a oír la misa que precede a dicha ceremonia; pero yo, como protestante, no pude acompañarla. El pueblo, observando la presencia de una herética en una iglesia, habría sido capaz de atribuirme la catástrofe y descuartizarme.

El arzobispo, el pueblo, la nobleza permanecieron orando en el puente desde las dos de la tarde hasta entrada la noche. Y digo mal, diciendo la noche, pues no había ni día ni noche. Las campanas solamente, tocando el Ave María, anunciaban el retorno de las tinieblas.


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