Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Basta de bromas sobre este particular, señor. El asunto es grave; asà que, hablemos de él seriamente, o de lo contrario, no hablemos.
—No hablemos, es lo que deseo. Sabéis que tengo la costumbre de no entrometerme sino en aquello que me atañe. He venido a deciros que salgo para Persano, donde me propongo pasar algunos dÃas. Si vos lo hubieseis ignorado, habrÃais podido estar intranquila, y no quiero apartar un solo instante su atención de las altas especulaciones de la polÃtica, para detenerla sobre mi persona mÃsera. ¿DecÃs que tres jóvenes han sido condenados a muerte? ¡Pobres jóvenes! Lo siento; pero ¡qué hacerle! si son culpables, si han conspirado contra vos…
Yo tomé la palabra.
—Eso es, precisamente, señor, lo que preocupa el excelente corazón de Su Majestad la Reina, quien no está segura de que esos jóvenes sean culpables, ni siquiera de que no sean inocentes.
—¡Cáspita! en este caso, mi querida embajadora, no faltarÃa más sino que la Reina los dejase ejecutar. La muerte de aquel loco que fue colgado el otro dÃa, ha causado ya muy mal efecto; la de tres inocentes serÃa mucho peor. Reflexionadlo bien, señora, reflexionadlo.