Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Pero, señor —objetó la Reina visiblemente contrariada de llevar la desventaja en una discusión con su marido—, aunque yo quiera perdonar, ¿tengo facultades bastantes? Yo no soy el Rey.
—¡Cómo, no sois el Rey!
—No, no soy el Rey, sino la Reina.
—¿A mà me lo decÃs?… ¡Pardiez! ¿Quién es el Rey? El que preside el Consejo; el que da órdenes a los ministros; el que declara la guerra y hace la paz. ¿Dónde diablo habéis visto que yo me ocupe en tales cosas? Sois vos la que se consagra a ellas, señora; por consiguiente, en realidad, sois vos el Rey.
—El Rey, señor, es aquel que tiene la firma.
—Bien sabéis, señora, que soy tan perezoso, que para no tener siquiera el trabajo de firmar, me mandé hacer una estampilla.
—Que está encerrada en una arquilla cuya llave guardáis vos, señor.
—En eso precisamente he caÃdo, al disponerme a emprender el viaje para Persano; y heme dicho que, pues todo está en vuestras manos, debe estarlo igualmente esta llave, y os la traigo.
—¡Oh, dénosla, señor, dénosla! —exclamé.