Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—Entonces, me retiro, señora, porque, continuando a su lado, no tendría bastante fuerza de voluntad para dejar de hacerle preguntas.

—Es lo mejor que puedes hacer, porque tus preguntas no obtendrían ninguna explicación.

—¡Está Vuestra Majestad hoy muy cruel conmigo!

—¿Qué importa mi crueldad si a favor de tu protección se salvan tus protegidos?

—¡Oh! con esta condición, señora, soy toda suya. Aquí está mi brazo; muerda Vuestra Majestad, hasta que sangre.

María Carolina lo cogió como si realmente quisiese morderlo; pero se limitó a rozarlo con sus labios.

—¡A fe mía, sería lástima! —dijo, trocando el mordisco propuesto en una caricia—. Por otra parte, no se sabe si es de carne o de mármol, y temería hincar en él mis dientes. Vete, y no dejes de estar aquí a las ocho en punto.

—Esté tranquila Vuestra Majestad no me haré esperar.

A las ocho de la noche en punto entraba en la cámara de la Reina completamente vestida de negro.

La Reina me esperaba, vestida también de negro.

—¡Oh! —dijo al verme—, es la primera vez que te veo de negro. ¿Sabes que te sienta a maravilla y que eres hermosa hasta lo indecible?


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