Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—Y Vuestra Majestad también, señora, pero no importa; preferiría verla vestida de otro modo; tenemos el aspecto de dos viudas.

—¿Te parece que sería un gran infortunio para nosotras?

—Con respecto a mí, lo sería, se lo juro; amo mucho a sir Guillermo.

—Al extremo, de erigirle una tumba, como la Reina Artemisa —dijo riendo María Carolina—; pero sin llegar a la heroicidad de quemarte sobre su hoguera.

—Yo le juro que si hubiese nacido en Malabar…

—Pero, según creo, has nacido en el ducado de Gales, lo cual me tranquiliza. Mas ahora no se trata de eso. Te he dicho que esta noche tenías que desempeñar una misión de embajadora. ¿Estás preparada?

—Espero las órdenes de Vuestra Majestad.

—¿Tienes la dirección que te ha dado don Basilio?

—Aunque no la tuviese, la recuerdo: calle de Santa Brígida, cerca del mercado de granos, a la mitad de la calle.

—¿Y el nombre del padre del condenado?

—José de Deo.

—Pues bien, vas a subir en un carruaje sin armas ni blasones, que he mandado disponer para ti; harás subir en el carruaje a José Deo, y le conducirás aquí.


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