Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¡Cómo, señora! —exclamé con viva alegrÃa—; ¿quiere Vuestra Majestad ver al padre de ese desgraciado joven?
—SÃ, es una fantasÃa, un capricho mÃo.
—Entonces, está salvado.
—TodavÃa no.
—¿Y soy yo la que debo ir a buscarle?
—Salvo que te niegues.
—¡Yo negarme a ser el ángel salvador de un desgraciado, el mensajero celeste enviado a una pobre familia!
—Bien; puesto que asà lo crees, no pierdas tiempo, y llena tu cometido.
—¡Oh! voy corriendo, señora. ¡Mi manteleta, mi manteleta!
Al llegar, la habÃa colocado encima de un sillón.
La Reina la cogió y me la puso en los hombros.
—Y ahora —me dijo—, anda, paloma del arca, y trae el ramo de olivo.
Salà precipitadamente y bajé los peldaños ligera como el ave que la Reina habÃa nombrado; y, saltando al interior del carruaje, grité al cochero:
—¡Calle de Santa BrÃgida!