Historia de una cortesana

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LXVII

Del palacio real a la calle de Santa Brígida solo median cuatro pasos. En un instante, pues, salvé la distancia. Bajé del coche en la dirección indicada. Como eran poco más de las ocho de la noche, la tienda de granos estaba aún abierta, y mandé preguntar por el domicilio de José de Deo.

El comerciante en granos, que era el proveedor de las caballerizas reales, reconoció al cochero que le preguntaba, y viendo a una señora junto a la puerta del carruaje, se me acercó, adivinando una parte de la verdad o sea que iba por encargo del Rey o de la Reina.

Me habían visto tan a menudo recorrer las calles de Nápoles en el coche de Su Majestad, y sentada al lado suyo, que el negociante me reconoció a mí también.

—¡Oh! milady —me dijo—, el individuo por quien pregunta usted, está muy acongojado actualmente; su hijo ha sido, esta mañana, condenado a muerte por el comité.

—Lo sé —respondí—, y es precisamente por eso por lo que deseo verle; y como es usted su vecino, desearía saber la casa y el piso donde habita.

—En esa casa, señora, piso tercero.

Y esto diciendo, me indicó la casa contigua a la suya.

—Haga usted abrir —dije al cochero.

—Pero —añadió el negociante—, dudo que lo encuentre usted en su casa, señora.


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