Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¿Dónde puede estar?
—Le he visto salir.
—¿A tales horas?
—SÃ.
—Habrá ido, seguramente, a implorar a alguno de los jueces.
—¡Oh! señora, a la hora de ahora, ningún juez puede hacer nada, ni por el infortunado padre, ni por el infortunado hijo.
—Pues, entonces, ¿adónde ha ido?
El comerciante me miró.
—¿Quiere usted saberlo en absoluto? —me preguntó.
—SÃ, quiero absolutamente saberlo, y ahora mismo.
—¿Es en bien suyo? Perdone usted, si la interrogo, señora; pero el pobre padre lleva ya sobre sus viejos hombros tan enorme costal de dolores, que si usted añadiese a esa carga un solo adarme más, harÃa una obra caritativa aquel que le ocultase a usted su actual paradero.
—No puedo prometer nada; pero vengo con una intención de misericordia.
—En este caso, voy a acompañarla, y que Dios me perdone si usted me engaña.
Me dispuse a seguirle.