Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —¿Tenemos que recorrer mucha distancia? —pregunté.
—Diez pasos.
El hombre empezó a caminar delante de mÃ; yo le seguÃ. Efectivamente, después de haber recorrido unos diez pasos, se detuvo, junto a la portezuela de la iglesia de Santa BrÃgida.
—¡Ah! —murmuré—, comprendo por qué no estaba en su casa.
Mi acompañante llamó, y la puertecita se abrió en el acto. Un sacristán nos introdujo en la iglesia, que estaba a oscuras, excepto una capilla, que era la única parte alumbrada.
Entramos. El negociante en granos me mostró un viejo que aparecÃa, no ya arrodillado, sino recostado sobre las gradas del altar y pegada la frente en el mármol.
—Aquà tiene usted al hombre que busca —me dijo.
Le di gracias, se fue y me dejó sola; pero, al llegar a la puerta, la curiosidad le retuvo, y, en compañÃa del sacristán, se quedó mirando lo que iba a suceder.
Sin hacer ruido, me acerqué al viejo; estaba orando, y, no habiendo notado mi presencia, le toqué en el hombro: levantó una rodilla y apoyó una mano en la grada del altar.