Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Además, ¿qué probabilidades podía tener yo de llegar al nivel que ella había logrado? ¿Había nacido rica y respetada como ella, para encontrar, a los diez y ocho años, un esposo ilustre en el mundo de la ciencia, que me llevase a un salón elegante, cálido, cómodo y suave como un nido? No; yo era una pobre lugareña, sin fortuna, casi sin educación; no me atrevía a responder cuando me preguntaban de mi madre, y en cuanto al nombre de mi padre, no lo sabía con certeza.
Era hermosa: a eso se reducía todo. Debía, pues, pedir a mi belleza lo que las otras pedían a su educación, a su nacimiento, a su fortuna. No poseyendo otro patrimonio, era evidente que Dios me la había otorgado para reemplazar con él a todos los otros, de que carecía.
Incumbía a mi belleza el decidir de mí, antes que a mí el decidir de ella.
Tales eran las reflexiones que me hacía en presencia de aquel apacible hogar, donde el marido leía, la mujer bordaba y el niño se entretenía hojeando un libro de ilustraciones.
Era aquello, con toda evidencia, una variante de la felicidad de los señores Hawarden en cuya casa había yo vivido.