Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Vuestra Majestad no ignora, señora, lo muy popular que era él —repuso la Princesa—; se hablaba de su vuelta a Nápoles; se decÃa que Acton habÃa perdido el favor de la Reina y que Vuestra Majestad abrigaba el propósito de nombrar ministro a un verdadero napolitano, por ser los extranjeros, en perÃodos de revolución, instrumentos de poca seguridad. Todo eso se decÃa, señora. Tales rumores se propalaron y, al extenderse, han ocasionado su muerte.
—¡Oh!, ¡si yo llego a convencerme de ello! —murmuró la Reina, apretando los dientes.
—Créalo Vuestra Majestad, señora, créalo, porque es la pura verdad, la verdad fatal, terrible. ¡José, nuestro José, muere envenenado!
—¿Cuándo ha recibido usted esta carta?
—Esta mañana.
—¿Qué fecha lleva?
—Data de cuatro dÃas.
—Primero de octubre… EscribÃa el mismo dÃa de la condena. ¡Oh! —exclamó Carolina, retorciéndose los brazos—, ¡es un castigo del Cielo!
Con este esfuerzo, su reciente herida, mal cicatrizada, se abrió, y de ella salió un chorro de sangre que enrojeció su camisa.
—¡Oh! —grité—, ¿lo ve, señora, lo ve? ¡Usted la está matando!