Historia de una cortesana
Historia de una cortesana En efecto, debilitada por la emoción y por la pérdida de sangre, la Reina palideció, dejó escapar un débil suspiro y se tambaleó.
Acudà a tiempo de recibirla en mis brazos: se habÃa desmayado.
La Princesa y yo la llevamos a la cama. Me apresuré a ejecutar, lo mejor que supe, las operaciones que habÃa visto que hacÃa el doctor, y procuré contener la hemorragia antes de que la enferma recobrase el conocimiento.
—Ya ve usted —dije a la Princesa—, el estado en que la Reina se encuentra. Desgraciadamente, no puede hacer nada por el PrÃncipe. Solo usted, señora, puede hacer algo.
—¿Qué puedo hacer yo, Dios mÃo?
—Sin perder un instante, usted puede salir para Palermo con el mejor médico de Nápoles, e informar a la ciencia del crimen que se intenta.
—¡Yo confiaba en la Reina! —dijo la pobre Princesa—. ¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo!