Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—La Reina no puede servirle en nada, señora, como no sea para castigar, y aun eso, ¡quién sabe! Bien sabe usted que el culpable, o los culpables, están demasiado altos para que el castigo pueda alcanzarles. Puesto que se trata de la salvación del Príncipe, y no del castigo de sus asesinos, piense usted en la vida de aquel, y, por lo demás, esté tranquila, que si la Reina puede castigar, no dejará de hacerlo.

—¡Oh!, ¡castigará! ¿Cree usted que castigará?

—Sí, pero para castigar, precisa estar en pleno uso de su razón, de su fuerza, de su poderío. Deje usted que se reponga, vaya usted allí donde la llama su deber y su ternura; salve al Príncipe, si aún es tiempo; reciba su último suspiro, si es demasiado tarde; sea magnánima en su agonía; dígale que la Reina siempre le ha amado. Debe usted este acto de piedad a esos dos corazones que tanto han sufrido, y que no han tenido sino a usted por intermediaria, por confidente y por amiga.

—Está bien —dijo la Princesa—; haré lo que usted me aconseja, señora; y si la ciencia de un hombre y la abnegación de una mujer pueden salvarle, él se salvará. Gracias. Si muere, diga usted a la Reina que declino en ella el encargo de vengarle.

Se arrodilló delante de la cama, besó la mano de la Reina, me dirigió un postrer adiós con un movimiento de la mano y de labios, y salió precipitadamente.


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