Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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El desmayo de la Reina, era un beneficio de la Providencia; sin él, dada la disposición de ánimo en que se encontraba Carolina, seguramente se habría vuelto loca o bien habría sido atacada de una congestión cerebral.

Salí tras la Princesa para encargar a los criados que no dijesen ni una palabra sobre la visita de la Princesa de Caramanico; volví al lado de Carolina, y, viendo que no había recobrado aún el conocimiento, le froté las sienes con agua fría y le hice aspirar unas sales.

Al cabo de pocos instantes, abrió los ojos, pero en la expresión de su rostro, vi que se había reproducido el delirio de la noche.

Toqué el timbre que comunicaba con las camaristas, y dos de ellas acudieron al llamamiento. Recordé la prescripción del doctor, y dimos a la Reina un baño de pies, a base de mostaza; y, como el delirio no cesaba, le aplicamos sinapismos en las piernas. La operación resultó tanto más fácil, cuando que, en medio de su delirio, Carolina me reconocía, y muy sumisa conmigo, me dejaba hacer lo que yo quería.

A eso de la una, cayó en una postración que contrastaba con el estado de exaltación por que acaba de pasar.

A las dos en punto, oí el rodar de un carruaje. Cotugno cumplía su palabra.


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