Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Corrí a su encuentro, y en dos palabras le enteré, no de lo que había pasado, pues no me creía autorizada para revelar un secreto de la Reina, sino de que su enferma, después de haber recobrado el conocimiento, había sufrido una fuerte emoción y que la sangría se había abierto nuevamente, lo cual determinó un desmayo. Y añadí que habíamos seguido al pie de la letra sus instrucciones.
El doctor empezó por examinar la sangre, en la que descubrió los signos de una violenta inflamación, y después entró en el dormitorio.
Carolina permanecía inmóvil y con los ojos cerrados.
El doctor la pulsó, auscultó su respiración y le preguntó qué sentía; pero la enferma no abrió los ojos ni respondió.
—Acerque usted la jofaina —dijo Cotugno a una de las camaristas—; Su Majestad no ha perdido bastante sangre, y he de sacarle una o dos onzas más.
La Reina encogió el brazo, señal de que había oído lo que acababa de decir el médico.
Pero este no quiso advertir aquel movimiento, y le cogió el brazo.
—¡Oh! —dijo la enferma—, ya estoy muy débil; no me debiliten más… No sabría coordinar dos ideas.