Historia de una cortesana

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—¡Esas tenemos! —repuso el doctor—, el actual estado de Su Majestad exige que no se tenga ni siquiera una idea aislada, y en cuanto a la coordinación de dos, la prohibición es mucho más terminante.

Carolina respondió con un suspiro.

El doctor reabrió la sangría, y la Reina perdió de nuevo otra cantidad de sangre.

Era superior a lo que podía resistir, y se desvaneció.

Cotugno restañó en el acto la sangre.

—¡Vaya! —dijo—; estas señoras se servirán enviar a la farmacia a que preparen la pócima que voy a recetar. Entretanto, hablaremos.

Escribió el récipe, lo entregó a las dos camaristas y las acompañó hasta la puerta, casi a empujones.

Luego volvió junto a la Reina, que continuaba sin conocimiento, y le asió la mano.

—Vamos a ver —me dijo—, hay que hablar francamente a los médicos, porque de lo contrario pueden equivocarse, y equivocándose, corren riesgo de matar al enfermo.

—¡Dios mío! —exclamé—, ¿existe peligro de muerte?

—Siempre existe peligro de muerte, cuando junto a la cama se encuentran frente a frente la enfermedad y el médico. Pero creo que el espíritu está más enfermo que la materia.


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