Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Lo juzgo como usted, doctor, y admiro su penetración.
Cotugno se encogió de hombros.
—No hay penetración —dijo—, y la cosa es para mà clara como el dÃa. Voy a decirle lo que ha ocurrido; si me engaño, impóngame usted silencio; si acierto, déjeme continuar.
—Pero ¿si la Reina le oye?…
—No hay cuidado; tengo la mano sobre su pulso; cuando esté próxima a volver en sÃ, lo sabré un minuto antes… ¿No es verdad que la ejecución de ayer ha trastornado a la Reina?
—¿Cómo puede usted saberlo?
—¡Oh!, ¡lo que es la malicia! Por lo pronto, esa ejecución ha conmovido a muchas conciencias, y con mayor razón la de la Reina, por haber podido evitar tan doloroso desenlace, y no haberlo evitado.
—Doctor, Su Majestad habÃa ofrecido el perdón a los condenados, y ellos lo despreciaron.
—SÃ, he oÃdo contar algo de eso; pero no son asuntos mÃos. La ejecución tuvo lugar ayer a las cuatro, precisamente a la misma hora en que la Reina cayó enferma.
—¿Quién se lo ha dicho?