Historia de una cortesana
Historia de una cortesana —Sir Guillermo Hamilton; ya ve usted que no quiero pasar por hechicero; pero no tenÃa necesidad de decÃrmelo, porque esta noche, en mi presencia, la Reina se ha estremecido oyendo al reloj dar las tres, y ha dicho: «¡Bueno!, ¡nos queda una hora todavÃa!». Pero no es esto todo: esta mañana, según me dice usted, ha sufrido una violenta emoción.
—SÃ, muy violenta.
—Habrá sabido que el prÃncipe de Caramanico morÃa envenenado.
—¡Cállese usted! —exclamé—, ¡cállese usted!
—He dicho a usted que nada puede oÃr.
—Pero ¿cómo puede usted saber?…
—De la manera más sencilla. La Princesa ha venido a mi casa, hace dos horas, a preguntarme si yo querÃa acompañarla a Palermo. Le he contestado que me era imposible abandonar a la Reina, enferma como está. La he dirigido a Cirillo, a quien debÃa yo corresponder en igual forma, en atención a la que él tuvo de enviarme a su marido de usted. A la hora presente, la Princesa y él habrán salido ya para Palermo, y si hay medio de salvar al PrÃncipe, Cirillo le salvará, pues su experiencia es mucha. Mientras yo conversaba con la Princesa, su criado hacÃa lo propio con el mÃo, y le ha dicho que su dueña y él llegaban de Caserta.