Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Al otro dÃa, en la incertidumbre de si debÃa bajar, esperé que me advirtiesen sobre lo que debÃa hacer. Vinieron a decirme que el desayuno estaba servido, y bajé al comedor.
El señor Hawarden acababa de llegar. Se adelantó hacia mà con aire de viva satisfacción.
—En efecto —me dijo—, he triunfado, y solo depende de usted el seguir el camino que ayer le tracé. Uno de mis clientes, el señor Plowden, que es uno de los principales joyeros de Londres, necesita una señorita para el mostrador. Sus ojos de usted podrán muy bien restar algún valor a los diamantes, y sus dientes desmerecer el de las perlas; mas ¡qué importa! Al principio, percibirá usted cinco libras; más adelante, ya se verá. Hemos quedado en que mañana empezará usted. Yo mismo la acompañaré.
Después, mirome de pies a cabeza, y exclamó:
—¡Diablo!
Mis mejillas se cubrieron de rubor.
—Mi vestimenta, ¿no es eso?
—SÃ. ¿No tiene usted un vestido en mejor estado y más a la moda?
Sacudà la cabeza.