Historia de una cortesana

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—¡Oh, no! no lo soy más que otro; tengo práctica y observación; eso es todo. Ahora, oiga usted: todo mi trabajo va a limitarse a impedir los recuerdos en la Reina. Si lo consigo durante tres días, no hay absolutamente nada que temer. Lo que receto, es simplemente un calmante, que es necesario administrarle con la mayor precaución y regularidad, pues, si la dosis fuese más alta, la calmaría demasiado.

—¡Dios mío!, ¿qué va usted a darle?

—Simplemente, belladona.

—Pero yo entendía que la belladona era un veneno.

—Lo es, en efecto, pero, tomado como lo tomará la Reina, es un narcótico, un calmante. Usted le hará tomar una cucharada de café cada hora… ¡Ah! Su Majestad vuelve en sí. No olvide usted que la ejecución de los jóvenes tuvo lugar hace quince días, y que el envenenamiento del Príncipe es pura fábula… ¡Chitón!

En aquel momento la Reina abrió sus grandes ojos y miró en torno suyo.

—¡Bravo! —dijo Cotugno levantándose—, Su Majestad presenta una notable mejoría. No olvide usted, milady, de hacer tomar cada hora a Su Majestad una cucharadita de la poción que he recetado, cuanto antes mejor… Pero, aquí están precisamente estas señoras que traen la medicina. Denme una cucharita, y la Reina me dispensará el honor de aceptar de mi mano la primera toma.


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