Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—Son las nueve de la mañana; al mediodía estaré de vuelta.

—Gracias… No sé lo que sería de mí sin ti.

Le cogí las manos y se las besé.

—De paso, no te olvides de prevenir mi encargo relativo a la Princesa.

—No, señora, esté Vuestra Majestad tranquila.

—Y di también que pueden dar cuerda al reloj… el estado de mis nervios me permite oír el sonido de las horas, aunque toque las cuatro.

Dejé a la Reina y transmití las dos órdenes que me había comunicado.

Encargué al cochero que emprendiese el paso más rápido posible, y partí.

En Maddalone, me crucé con un carruaje pintado de negro, y cuyo cochero, lo mismo que los lacayos, iban de luto. Me estremecí: un presentimiento me decía que en aquel carruaje iba una viuda.

Llegué a Nápoles. Me detuve en el hotel de la embajada el tiempo preciso de cambiar algunas palabras con sir Guillermo; luego, me dirigí a palacio y ejecuté el encargo de la Reina. Para regresar con la misma celeridad, di orden de cambiar el tiro.

A mediodía, menos algunos minutos, estaba de regreso en Caserta. Bajo el peristilo estaba parado el coche con el que me había cruzado a la ida.


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