Historia de una cortesana
Historia de una cortesana Al poner el pie en el primer peldaño de la escalera principal, vi que se abrÃa la puerta de las habitaciones de la Reina.
Salió de allà una mujer completamente enlutada; se llevaba el pañuelo a los ojos y sollozaba, caminando casi a tientas. Me detuve; pasó sin verme, aunque su vestido rozó con el mÃo.
Subió en el coche y partió.
Entré en el aposento de la Reina en el preciso momento de dar el reloj las doce.
—Tienes palabra, Emma —me dijo—. Ven.
Me acerqué, extrañando no ver ninguna alteración en su voz. Esperaba encontrarla anegada en llanto y desesperada; me engañaba: estaba frÃa y resuelta.
Le presenté la arquilla; la abrió con la llave que tenÃa preparada, y sacando de su pecho un rizo de cabellos:
—Mira —dijo—, he aquà todo lo que queda de él.
Lo llevó con fuerza a sus labios y encerró en la misma arquilla, con sus recuerdos de amor, aquel recuerdo de muerte.
Después, colocando la arquilla debajo de su almohada, en la que dejó caer su cabeza, cerró los ojos, murmurando estas palabras que ya una vez habÃa oÃdo yo salir de su boca:
—¡Es un castigo del Cielo!