Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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No conocía de Londres más que las calles de Williers, Oxford, Leicester y el Strand. Aquel paseo aristocrático fue, por consiguiente, el principio de mi entrada en un mundo que me era desconocido. Aquellos pelotones de jinetes con los bizarros trajes de la época, aquellas elegantes amazonas envueltas en flotantes velos, aquella refinada elegancia de la alta sociedad inglesa me maravillaba.

Habría dado la mitad de mi vida por guiar uno de los faetones que se cruzaban con nosotros, veloces como un torbellino, o por montar uno de los fogosos caballos que escarceaban en la avenida reservada a los jinetes.

Estaba fuera de duda que el señor Hawarden había recurrido, para curarme de la ambición y del orgullo, a un tratamiento que encerraba el peligro de producir un efecto contrario al que se proponía.

Regresamos por Green Park, que atravesamos a pie para satisfacer al niño, y volvimos a casa, a la hora de la merienda.

Pregunté al señor Hawarden si era aquella la sorpresa de que había hablado.

—No —me dijo—. Parece, en verdad, que se ha divertido usted; pero me propongo ofrecerle algo más que un simple paseo; quiero que vea a Garrick.

Yo ignoraba completamente quién era Garrick. Con la mayor ingenuidad pedí que me sacasen de mi ignorancia sobre el particular.


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