Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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—Pues bien, señoras, en cualquier parte del mundo en que me encuentre, cuando ha de ocurrirme algún suceso afortunado, o cuando he de alcanzar una victoria, un ave de esta especie (no me atrevería a decir que sea este mismo pajarillo) viene a posarse sobre mi hombro. Al contrario, cuando me amenaza un infortunio, desaparece. La primera vez que le vi, fue en la América del Norte, en el Canadá. Perseguido por cuatro fragatas francesas, mi única salida era un paso considerado infranqueable. El pájaro vino a posarse sobre mi hombro. Lancé mi bergantín a través de los escollos, y salvé el paso. Una vez franqueado, el pájaro voló… Cuando, hace cinco años, vine de Tolón a Nápoles, atravesaba el canal de Ischia y encontrándome en el puente, el pájaro se presentó y vino a reposar en mi hombro. Al otro día, Su Majestad el rey de Nápoles se dignaba recibirme como a un amigo y sir Guillermo como a un hijo. La Reina me daba a besar su mano; usted, milady, usted me decía: «Esta casa es la suya» ofreciéndome alojamiento en el palacio de la embajada… En el sitio de Calvi, donde perdí un ojo, en el de Tenerife, donde perdí un brazo, no vi jamás a mi gentil profeta. Pero, por la mañana del día de Aboukir, recibí su visita, y aquí lo ven ustedes nuevamente. Ha entrado en este camarote al mismo tiempo que ustedes. Tengo, pues, razón en decir que esta ave es mi genio tutelar. El día en que, en vísperas de una batalla, no lo vea, haré mi testamento, porque el siguiente habrá de ser el último de mi vida… Mas, perdonen ustedes por haberlos entretenido con tales desvaríos. Ya sabe usted, señora, que los marinos somos supersticiosos; mi querida avecilla constituye para mí una superstición, y en adelante creeré en ella más que nunca.


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