Historia de una cortesana

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—Vuestra Majestad comprende —continuó el Duque—, el estupor del Rey ante semejante noticia. Miró silenciosamente a Mack, y, poniéndose súbitamente en pie, salió del palco. Por fortuna, en la sala no se había notado nada. Era necesario que nadie sospechase lo que ocurría: los jacobinos romanos, ansiosos de vengar las ejecuciones ordenadas por el Rey, no le perdían de vista, y podían, después de la derrota de Mack, intentar un golpe de mano contra Su Majestad. Antes que se hubiese podido advertir nuestra ausencia y que la noticia se hubiese divulgado, llegamos al palacio Farnesio. El Rey montó a caballo, con una docena de oficiales y algunos de sus más fieles servidores, entre los cuales se digna contarme. Salimos por la Puerta del Pueblo, y seguimos a lo largo de las murallas hasta la puerta de San Giovanni. Una vez allí, el Rey tomó el galope seguido de seis o siete hombres que le daban escolta, y a las once de la noche llegamos a Albano. El Rey preguntó si había dispuesto algún coche; no había más que un cabriolé. Mientras enganchaban los caballos, Su Majestad me llamó aparte, y me propuso cambiar mi traje por el suyo, cosa que yo hice al instante…

—¿Y por qué ese cambio de trajes? —preguntó la Reina.

—Lo ignoro, señora; pero, como una súplica de Su Majestad equivale a una orden, obedecí.


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