Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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El consejo del Rey no había llegado todavía a ningún acuerdo. Al fin y al cabo, no se sabía sino que el ejército napolitano había sido derrotado y puesto en fuga. Con todo, se redactó una proclama cuyos términos ambiguos disimulaban torpemente la verdad de los hechos, y que fue inmediatamente fijada en todas las paredes.

Habían llegado a Nápoles sordos rumores del suceso; la noticia, en toda su extensión, estalló como una bomba.

El general Mack había dicho la verdad: no existía ya el ejército napolitano, no precisamente por sus pérdidas sobre el campo de batalla, que apenas si llegaban a mil hombres, sino por haberse dispersado al primer choque y evaporado como humo. Nada impedía, pues, a un enemigo imprudentemente provocado, un enemigo llamado impío, cruel, profanador de la religión, perseguidor de sus ministros; nada impedía a ese enemigo invadir el reino y entrar en Nápoles.

El Rey lo sabía tan bien, que, renunciando a defenderse con las armas materiales, puso su causa en manos de Dios, ordenó rogativas en las iglesias para aplacar la cólera celeste, e invitó a los curas y a los monjes más renombrados por su elocuencia a subir al púlpito para excitar al pueblo a defender la capital.


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