Historia de una cortesana

Historia de una cortesana

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A medida que Ruffo hablaba, sir Guillermo traducía sus palabras a Nelson, que escuchaba con impaciencia y que, al oír que Ruffo decía que una capitulación lealmente acordada debía ser lealmente observada, gritó en inglés:

—¡Eh, señor!, ¡los soberanos no deben pactar con sus vasallos!

—Es verdad, milord —replicó el cardenal—, es preferible para los soberanos no tener que capitular; pero, cuando se llega a ese extremo, y se capitula, no hay más remedio que conformarse con lo pactado.

Luego, volviéndose hacia mi marido:

—¿No opina usted así, señor? —preguntó.

Sir Guillermo contestó que su opinión, en este caso, era la de Nelson: oyendo lo cual, Ruffo empezó a comprender que el asunto era más serio de lo que él había creído al principio.

Entonces se levantó y dijo que, habiendo intervenido en el tratado los turcos y los rusos, no podía por sí solo responder a la objeción de lord Nelson.

Y, despidiéndose, se hizo conducir a tierra.

De regreso a su cuartel general, Ruffo mandó llamar, por lo que después supimos, al ministro Michereux, al comandante Baillie y al capitán Footh; pero, respecto a este último, Nelson había procurado alejarle, enviándole a Prócida.


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