JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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Capítulo LXV

Luis Augusto abrió la puerta de la cámara nupcial, o, mejor dicho, de la estancia que la precedía.

La archiduquesa, vestida con un largo peinador blanco, aguardaba en el dorado lecho, hundido apenas por el leve peso de su cuerpo débil y delicado. ¡Pero cosa extraña!, si hubiese sido posible leer al través de la nube de tristeza que cubría su frente, se hubiera reconocido, en vez de la dulce esperanza de la desposada, el terror de la doncella amenazada por uno de esos peligros que las naturalezas nerviosas llegan a prever, y sufren a veces con más valor que los han presentido.

Madame de Noailles ocupaba un asiento junto a la cama.

Esperaban las demás camaristas a un extremo de la real cámara, la menor seña de la dama de honor para marcharse.

Esta, fiel a la etiqueta, esperaba con impaciencia la llegada del delfín.

Pero como si todas las leyes de la etiqueta y del ceremonial tuvieran que ceder en esta ocasión a la malignidad de las circunstancias, resultó que las personas designadas a introducir al joven príncipe en la cámara nupcial, no sabiendo que Su Alteza, según las disposiciones de Luis XV, debía llegar por el corredor nuevo, esperaban en otra antecámara.


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