JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico A las siete llegaron, con los primeros curiosos, algunas partidas de arqueros.
No se hizo el servicio de vigilancia por los guardias franceses, a quienes la municipalidad no quiso otorgar la gratificación de mil escudos, solicitada por el coronel mariscal, duque de Biron.
Este regimiento era temido y amado al mismo tiempo por el pueblo, que creía ver en cada individuo de este cuerpo un César o un Mandrin. Los guardias franceses, terribles en el campo de batalla, inexorables en el cumplimiento de sus deberes, tenían en tiempo de paz o fuera del servicio espantosa reputación de bandidos: en la formación eran arrogantes, valientes e insociables, y sus evoluciones agradaban tanto a las mujeres, como imponían a los maridos. Y cuando libres de consigna se diseminaban como simples particulares entre la muchedumbre, eran el terror de aquellos mismos que los admiraban la víspera, y perseguían a los que al día siguiente necesitaban proteger. La villa halló en sus antiguos resentimientos contra aquellos visitadores nocturnos de garitos, un motivo para negar los mil escudos, con la excusa de que en una fiesta de familia, semejante a la que se organizaba, debía bastar la guardia ordinaria de esta.