JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Los furiosos gritos, más terribles todavÃa que los de guerra, el relincho de los caballos, un espantoso ruido de ruedas que tan pronto pisaban el empedrado como los cadáveres, el lÃvido fuego de las maderas que ardÃan, el siniestro brillo de los sables que algunos soldados furiosos habÃan desenvainado, destacándose de todo este sangriento caos la estatua de bronce iluminada con reflejos rojizos y presidiendo aquella carnicerÃa era más de lo necesario para trabajar la razón de Andrea y quitarle todas sus fuerzas, aun cuando por otra parte hubieran sido impotentes en una lucha semejante: de uno solo contra todos.
Lanzó la joven un grito penetrante: un soldado se hacÃa paso entre la muchedumbre dando sablazos a roso y belloso.
La espada habÃa brillado sobre su cabeza. Juntó sus manos, como el náufrago cuando cruza la última ola sobre su frente, y gritando ¡Dios mÃo!, se desplomó en tierra.
Cuando uno caÃa era muerto.