JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Pero aquel terrible y supremo grito había llegado a los oídos de una persona: esta persona lo había reconocido. Gilberto, arrastrado lejos de Andrea, a fuerza de luchar, había vuelto a acercarse a ella: encorvado bajo la misma ola que había sepultado a Andrea, se enderezó, se lanzó sobre aquella espada que había amenazado a la joven, oprimió la garganta del soldado que iba a herir, lo tiró al suelo: junto al soldado se hallaba tendida una joven vestida de blanco. Gilberto la levantó con la levantó con la facilidad de un gigante.
Al sentir sobre su corazón aquella forma, aquella hermosura, aquel cadáver quizá, un rayo de orgullo iluminó su rostro, y arrojándose con su carga en una corriente de hombres, capaz de derribar un muro en su huida, se vio sostenido, levantado y llevado en volandas por aquel grupo inmenso, y marchó, o mejor dicho rodó durante algunos minutos. El torrente se detuvo de pronto como parado por algún obstáculo: tocaron la tierra los pies de Gilberto, y entonces tan sólo pudo sentir el peso de Andrea. Al momento alzó la cabeza para darse cuenta del obstáculo y se encontró a tres pasos del Guardamueble. Aquella masa de piedras había deshecho la masa de carne.