JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Mientras duró aquella parada instantánea y llena de ansiedad, tuvo tiempo de contemplar a Andrea dormida con un sueño tan profundo como el de la muerte: su corazón ya no latía; sus ojos estaban cerrados, y su rostro lívido como una rosa blanca que se marchita.
Gilberto la creyó muerta y lanzó un grito; apoyó sus labios sobre el vestido y la mano; luego, estimulado por la sensibilidad, devoró a fuerza de besos aquel rostro frío, aquellos ojos hinchados bajo sus cerrados párpados. Rugió, lloró, intentó hacer pasar su alma al pecho de Andrea, admirándose de que sus besos, que hubieran dado vida a un mármol, careciesen de fuerza y de virtud para aquel cadáver.
De pronto sintió latir su mano el corazón de la joven.
—¡Te has salvado! —exclamó viendo huir aquella turba negra y sangrienta, y oyendo las imprecaciones, los gritos, los suspiros y la agonía de las víctimas—. Se ha salvado y a mí es a quien debe la vida.