JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico

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El desventurado Gilberto apoyaba su espalda contra la pared, y clavando la vista en el puente, no había mirado a su derecha: delante de los coches, detenidos largo rato por las masas, pero que menos comprimidas, al fin empezaban a moverse, delante de estos coches, decimos, que salieron de repente al galope como si un vértigo general se hubiese apoderado de los cocheros y caballos, huían veinte mil desgraciados, tullidos, heridos y estrujados los unos por los otros.

Continuaba andando instintivamente a lo largo de las paredes contra las cuales quedaban aplastados los más cercanos.

Arrastraba o ahogaba esta masa a cuantos habiendo llegado cerca del Guardamueble, escaparon del naufragio. Un nuevo diluvio de gentío y cadáveres inundó a Gilberto: este encontró una reja, y se asió fuertemente a sus hierros, y obligado a abandonarla por el ímpetu de los fugitivos, medio ahogado ya, y juntando todas sus fuerzas, rodeó con sus brazos el cuerpo de Andrea, descansando su cabeza sobre el pecho de la joven. Habríase dicho que quería ahogar a la que protegía.

—¡Adiós!, ¡adiós! —dijo mordiendo su vestido y elevando al cielo sus ojos, como para implorarle con su última mirada.


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