JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Extraña visión presentóse en aquel instante ante su vista. Estaba sobre un guardacantón un hombre de pie, que agarrado con la mano derecha a una argolla fija en la pared, entretanto que con la izquierda parecÃa organizar un ejército de fugitivos, veÃa cruzar todo aquel mar furioso a sus pies, ora dirigiendo una palabra, ora haciendo un gesto. A esta palabra, y a este gesto, se veÃa entonces entre la muchedumbre algún individuo aislado, detenerse, hacer un esfuerzo, luchar y trepar hasta llegar a aquel hombre.
Gilberto, haciendo el último esfuerzo, consiguió levantarse comprendiendo que allà estaba la salvación, porque allà estaba la serenidad y el poder. Avivándose para morir el último rayo de la llama que despedÃan los maderos incendiados, iluminó el rostro de aquel hombre. Gilberto lanzó un grito de sorpresa.
—¡Oh!, ¡muera yo, muera yo —dijo en voz baja—, pero que viva ella! ¡Este hombre puede salvarla!
Y en un arranque de abnegación, alzando en sus brazos a la joven, exclamó:
—Señor barón de Balsamo, salvad a la señorita Andrea.