JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Balsamo vio alzarse por encima de aquella ola devoradora una forma blanca; brincó de su guardacantón a tierra gritando: «¡seguidme!». Su cortejo derribó todo lo que le ponía obstáculo, y cogiendo a Andrea, que sostenían aún los desfallecidos brazos de Gilberto e impedido por un movimiento de aquella muchedumbre que había cesado de contener, se la llevó sin tener tiempo para volver la cabeza.
Gilberto procuró hablar, pero no tuvo fuerzas sino para aplicar sus labios al brazo pendiente de la joven y arrancar con su mano crispada un pedazo de vestido de aquella nueva Eurídice que le robaba el infierno. Sólo quedaba a Gilberto la muerte, después de aquel beso supremo, después de aquel postrimer adiós: así es que ni siquiera trató de luchar más tiempo; cerró los ojos y, medio muerto, vino a caer sobre cadáveres amontonados.