JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Las mujeres del pueblo! ¡Los hombres del pueblo! A estos debéis preferir: fácilmente podéis conocerlos, pues siempre salen más heridos que los demás, y están bastante peor vestidos.
Al oÃr estas palabras, repetidas a cada cura con estridente monotonÃa, un joven pálido, que examinaba los cadáveres con la ayuda de un farol, levanta la cabeza por segunda vez.
De una ancha herida que divide su frente, brotan todavÃa algunas gotas de sangre: en la levita lleva enrollada una de sus manos, y su rostro cubierto de un frÃo sudor, revela una emoción profunda.
Levantó, pues, nuevamente la cabeza al llegar a sus oÃdos la cruel recomendación del facultativo, y mirando con tristeza sus miembros mutilados, que aquel parecÃa contemplar con delicia, preguntó:
—¿Por qué escogéis entre las vÃctimas?
—¡Por qué! —repitió el cirujano irguiendo la frente al oÃr esta interpelación—, porque nadie se cuidarÃa de los pobres si yo no me condoliese de ellos, y porque los ricos tienen muchas personas que los busquen. Bajad esa luz, examinad el suelo, y estoy seguro de que en él hallaréis un rico o un noble por cada cien pobres. En esta catástrofe, también por una felicidad que acabará por cansar a Dios mismo, los nobles y los ricos han satisfecho el tributo que ordinariamente se les exige: uno por mil.