JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Caballero —replicó el facultativo con vehemencia nerviosa, prueba que las ideas que en aquel instante manifestaba, germinaban mucho tiempo hacÃa en su corazón—: La humanidad es mi guÃa, por ella me sacrifico, y al abandonar en el lecho de muerte a la aristocracia para acudir al socorro del pueblo que sufre, obedezco, cumplo la ley verdadera de esa humanidad, que es mi diosa. Las desgracias que lamentamos hoy, provienen de vosotros, de vuestros abusos, de vuestra altanerÃa; sufrid resignadamente sus funestas consecuencias. No, caballero, no he visto a vuestra hermana.
Después de tan terrible apostrofe, el cirujano continuó su tarea, pues acababan de llevarle una pobre mujer a la que una carroza habÃa roto ambas piernas.
—OÃdme —dijo persiguiendo a Felipe que se alejaba—: ¿Son por ventura los pobres quienes lanzan en medio de los festejos públicos esos carruajes que privan de los miembros a los ricos?
Felipe, cuya nobleza pertenecÃa a la que produjeron los La Fayette y los Lameth, habÃa muchas veces profesado las mismas máximas, que le horrorizaban en boca de aquel facultativo, y su explicación cayó sobre su alma como una expiación.