JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico Se alejó, con el corazón traspasado, del hospital militar improvisado, con propósito de proseguir su melancólica exploración, y poco después, cediendo al impulso de su dolor, exclamó, llorando y con desesperado acento:
—¡Andrea! ¡Andrea!
En aquel momento pasaba inmediato a él con precipitados pasos un hombre ya anciano, vestido con levita gris y medias negras, apoyando su mano derecha en un bastón, y sujetando en la izquierda una linterna formada de una mecha de algodón envuelta en un cucurucho de papel untado de aceite.
Al escuchar los sollozos de Felipe, conoció aquel hombre cuan grande debÃa ser su angustia, y murmuró sin poder reprimirse:
—¡Pobre joven!
Y creyendo que un motivo igual al suyo debÃa únicamente haberle conducido a aquel lugar, pasó adelante; mas, arrepentido de haber presenciado tan intenso dolor sin haber intentado prestarle el menor consuelo, se detuvo y dijo al joven: