JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Me permitiréis que una vuestra pena a la mÃa, pues los que se ven heridos por un mismo golpe, deben auxiliarse mutuamente para no caer. Además… podéis serme útil. Observo que hace tiempo estáis aquà buscando, porque vuestra luz está ya próxima a extinguirse, y por tanto deberéis conocer los sitios más funestos de esta plaza.
—¡Ah!, es desgraciadamente muy cierto, los conozco.
—Yo también busco a una persona.
—DirigÃos entonces al foso grande desde luego, porque en él hallaréis más de cincuenta cadáveres.
—¡Santo cielo! ¡Cincuenta! ¡Tantas vÃctimas inmoladas en medio de una fiesta!
—¡Ay!, ¡señor! ¡Tantas vÃctimas decÃs! Ya he alumbrado mil rostros con esta linterna, sin haber podido encontrar a mi hermana.
—¡Vuestra hermana!
—SÃ, allá abajo estaba, en aquella dirección, donde la perdà al lado de un banco, y aun cuando he vuelto a él y lo he reconocido, no he podido hallar la menor huella de lo que busco. Voy a comenzar de nuevo mis investigaciones, partiendo del primer bastión.
—¿Hacia qué lado se dirigÃa la multitud?
—Hacia los nuevos edificios inmediatos a la calle de la Magdalena.
—Es decir, hacia esa parte.