JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —¡Ay!, si llegase ese dÃa viviendo yo… si tuviese la suerte de presenciarlo…
Oyó estas palabras Rousseau, y aterrado del tono con que fueron dichas, como el viajero de los primeros truenos que preceden a la tempestad, cogió a Gilberto entre sus brazos, tratando de llevárselo.
—¡Dos hombres para que ayuden voluntariamente a M. Rousseau! —gritó el cirujano—: ¡Dos hombres del pueblo!
—Aquà estamos… aquÃ… —respondieron diez voces. Rousseau señaló dos mozos robustos que levantaron enseguida a Gilberto.
Luego pasó cerca de Felipe, y dijo:
—Tomad esa linterna, caballero, pues ya no la necesito. Felipe le dio las gracias, aceptándola y alejándose con rapidez, mientras el anciano se dirigÃa a la calle Plastrière.
—¡Pobre joven! —exclamó este al verle desaparecer en el laberinto confuso de las calles.
Y continuó su marcha lleno de sobresalto, pues aún resonaba vibrante en medio de aquel campo de muerte y desolación la áspera voz del cirujano que gritaba:
—¡Aproximen solamente a los hombres y mujeres del pueblo! Maldición a los nobles, a los aristócratas y a los ricos todos.