JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico
JOSEPH BALSAMO. Memorias de un Médico —Sin embargo —repuso M. de Jussieu sin dejar de observar con el más vivo interés aquella cabeza inteligente y expresiva de Gilberto—, por orgulloso que sea un hombre, no puede de manera alguna hacer más de lo posible. ¿Os creéis en disposición de trabajar, después de haber caÃdo desplomado por no poderos sostener en un ventanillo?
—Efectivamente, siento mucha debilidad —murmuró el joven.
—Y por lo mismo precisáis indispensablemente algún descanso moral… VivÃs en casa de un hombre con quien todo el mundo cuenta menos su huésped.
Reconocido Juan Jacobo a este delicado cumplimiento que le dirigÃa tan ilustre personaje, estrechó su mano afectuosamente.
—Además —continuó M. de Jussieu—, en breve seréis objeto de los cuidados paternales del rey y de los prÃncipes.
—¡Yo! —prorrumpió Gilberto.
—Vos, pobre vÃctima de tan deplorable acontecimiento. Cuando lo ha sabido el delfÃn, ha expresado el dolor más profundo y sincero, y la delfina que se preparaba a marchar para Marly, se ha quedado en Trianón con objeto de hallarse más cerca de los desgraciados a quienes ha mandado suministrar eficaces auxilios.
—¿Es verdad lo que decÃs? —preguntó Rousseau.